jueves, 8 de octubre de 2015

De las estadísticas

               


                 Querido Leo:

                Si enciendes la televisión verás que a la gente que vive allí dentro le gustan las estadísticas, es algo que me fascina por lo emocionante, un día estás triste porque quedas excluido de varios porcentajes, el siguiente alegre porque encajas en la normalidad y otro ni fu ni fa porque ni siquiera apareces. Por eso el sábado me debatí entre continuar siendo una persona marginal o formar parte de ese gran grupo de seres a los que les roban el coche. Birlan uno cada tres minutos. ¿Qué te parece?

                Visité uno de esos pueblos costeros tan bonitos a los que hay que ir fuera de los meses de verano si no quieres morir en una estampida de turistas o aplastado en una calleja abarrotada o desecado en la playa por no poder desencajarte de los vecinos de arena. Después de disfrutar de los encantos locales me senté en una terraza a tomar café, desde mi asiento contemplaba el mar y veía mi coche aparcado en el paseo, en cuanto acabara regresaría a casa. Junto al cortado que pedí me trajeron un pequeño cuenco hasta arriba de frutos secos mezclados con gominolas cubiertas de azúcar. Pensaba en el cóctel de sabores que me esperaba cuando divisé a una pareja junto a mi coche. Estuve a punto de saltar gritando «¡Al ladrón, al ladrón!», sin embargo me contuve atendiendo a la posibilidad de ser al fin parte de esa estadística fantástica que antes te mencioné. Como no eran capaces de entrar en el vehículo, saqué la llave y apreté el botón de apertura. Los intermitentes se encendieron haciendo un ruido que les hizo saltar hacia un lado, ambos observaron la zona buscando a quien había abierto el automóvil, pero al no encontrar a nadie sospechoso se introdujeron en él. Bebí el café amargo sonriendo divertida y tomé un maicito, luego un cacahuete, una chuche de fresa y un garbanzo, y otro sorbo de café. Comí y bebí extasiada mirando como intentaban hacer un puente sin conseguirlo, por un momento creí que iban a chafarme y otra persona se quedaría mi minuto tres de gloria, incluso me planteé echarles otra mano acercándoles las llaves, pero las explosiones de salados, amargos y dulces en la boca me tenían como una adicta incapaz de separarse de su droga. Sin embargo sólo fue un susto y consiguieron arrancarlo, enfilaron el paseo y cuando apenas ya distinguía la matrícula me levanté exclamando –esta vez sí- en tono teatral «¡Al ladrón, al ladrón!». Se organizó un buen jaleo, denuncié a la policía el robo y regresé a casa en autobús. Aún no sé nada del coche, pero que me quiten lo bailao.

 Besos esquimales

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