viernes, 17 de julio de 2015

De lluvias que son lágrimas y de lágrimas que son agua de lluvia

Querido Leo:

                ¡Qué terrible sequía la que nos asola! Ni llueve, ni nacen nuevos pensamientos. El otro día se reunieron los mandamases para buscar una solución de modo urgente, para lo de la lluvia, que lo otro había que tratarlo tras una comida de cuatro horas y en plena digestión hay temas que es mejor no tocar. El caso es que decidieron obligar al cielo a llover, que aquí el que manda, manda. Convocaron al ejército en la plaza del pueblo y, al grito de ‘¡FUEEEEGO!’ por parte del
alcalde, los soldados dispararon a las nubes apretando los dientes con cara de malos. No negaré que el espectáculo fue imponente, incluso surgieron aplausos espontáneos al terminar los tiros. Sin embargo, el despliegue resultó no ser efectivo, pues si bien es cierto que en un primer momento el cielo soltó un lamento y rompió a llover, al poco nos dimos cuenta que aquello no era lluvia si no lágrimas. Un desastre, agua salada cayendo en cantidades enormes de desconsuelo.  Se convocó otra reunión para decidir quién pedía disculpas con objeto de frenar aquel diluvio insalubre, afortunadamente el dueño del restaurante colgó el cartel de cerrado y les mandó a comer cada uno a su casa, que ya se encargaba él de excusarse sin que se le cayeran los anillos. Sin quitarse el delantal y coreado por el gentío, solicitó perdón al cielo, y lluvia ya puestos. Cesó el llanto, la sequía continúa. Veremos cuánto dura el enfado.


                A ti, que eres amante de las casualidades, te gustará saber  lo que me ocurrió esa misma tarde. Tras el show de la mañana busqué por los cajones de casa chucherías para celebrar sentada en algún banco el fin de tanto sinsentido. Encontré una bolsa transparente con tres nubes esponjosas bajo unas agendas viejas, no tenían mal aspecto así que supuse aún no habían caducado. Me equivoqué. Cuando bañada por el sol metí una de las nubes en la boca, resultó ser de tormenta a pesar de su color rosa pálido. Tosí truenos y mis ojos comenzaron a llover, mejor dicho, a jarrear. La gente me miraba sin atreverse a darme un pañuelo porque lo que necesitaba era un paraguas. Bebí lo dulce de aquel agua hasta que los jugos gástricos desaparecieron la nube. Tras la tormenta, la calma. Y la sequía. Lo dice el refrán, Leo, nunca llueve a gusto de todos.

Besos esquimales

4 comentarios:

  1. Gracias!!! Me a encantado ����������

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    1. Gracias a ti por el título que ofreciste al cartero!

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  2. De nuevo Leo ha tenido una magnífica correspondencia.
    Me ha encantado, Alicia.
    Una de las mejores que te he leído. Mi enhorabuena.

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    1. Que después de tanto tiempo siga habiendo misivas que te envuelvan en encanto es para mí una satisfacción. Gracias por ser, por estar con el buzón siempre abierto a estas cartas para Leo.
      Un beso

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